Por Millarca Valenzuela, investigadora postdoctoral MAS y del Centro de Astro-ingeniería UC

La mayoría de ustedes probablemente alguna vez ha visto caer una estrella fugaz y ha pedido un deseo. Lo que realmente observaron eran granos muy finos de material extraterrestre (MET), que la mayor parte del tiempo se evaporan completamente después de pasar por nuestra atmósfera. La caída de MET a la Tierra, que ocurre aleatoriamente en todo el planeta, es un proceso común que trae decenas de toneladas de material cada día. La mayoría de ellos están en el rango de tamaños de micrones y milímetros, y sólo el 1% de todo ese material puede ser recuperado como meteoritos. En contraste con la caída aleatoria, los meteoritos se pueden acumular en áreas específicas en la superficie de la Tierra donde el agua líquida es escasa, como en los desiertos: fríos como los de la Antártica y calientes como los del Sahara, Nullarbor, Omán, Lut o Atacama.

La importancia científica de estas rocas extraterrestres está dada por el hecho de que entre ellas se encuentran los restos sólidos más antiguos de la formación del Sistema Solar (~4.560 Ma) y también el material que corresponde a la posterior evolución en entidades planetarias, al cual podemos acceder fácilmente aquí en la Tierra. La mayoría de ellos provienen de los asteroides, pero algunos también pueden provenir de las cortezas diferenciadas de la Luna y Marte. Cada uno de ellos representa una parte del rompecabezas que científicos de diferentes áreas de investigación estudian con el fin de comprender mejor cómo se formó la Tierra y el resto de los planetas y cómo y dónde comenzó la vida. Representan una clave para entender los primeros sólidos condensados, y, junto con el material estudiado en discos protoplanetarios a través de ALMA, nos ayudan a entender los procesos de construcción de los planetas y la variedad de sistemas planetarios descubiertos hasta ahora. Por otro lado, un interés urgente en estas rocas que caen del cielo surge cuando algunas de ellas se convierten en un peligro para la vida en la Tierra. Esto ocurre cuando su tamaño es mayor a 25 m de diámetro aproximadamente, lo suficientemente grande como para atravesar la atmósfera sin desaceleración y, de esta manera, golpear la superficie a velocidades de impacto supersónicas.

Mi trabajo con meteoritos comenzó hace más de 10 años, participando en expediciones científicas anuales para buscar meteoritos en el desierto de Atacama gracias a alianzas con equipos de investigadores internacionales. En esos años probamos que el desierto de Atacama tiene condiciones únicas para preservar meteoritos durante más tiempo que cualquier otro desierto caliente del mundo, permitiendo su concentración en superficies antiguas y estables, algunas de ellas con una increíble densidad de meteoritos por área de ~150 met/km2 (comparado con el promedio para desiertos calientes que es de ¡menos de 1met/km2!).

¿Cómo los encontramos? ¡Peinamos el desierto! El grupo forma líneas de búsqueda donde cada participante camina lenta y coordinadamente, separados ~10 m uno a otro (Fig.1), escaneando la superficie sólo con los ojos. Esta es una forma sistemática y muy eficiente para buscarlos, lo que nos permite aprender y mejorar la tasa de recuperación. Luego de ganar experiencia, el grupo es capaz de encontrar la mayoría de los meteoritos del área buscada, incluyendo las masas pequeñas (2-10 g). Esto es muy importante para una mejor caracterización del flujo.

El primer paso en el laboratorio es clasificarlos, utilizando técnicas petrográficas, magnéticas, químicas e isotópicas, entre otras. De ~60 meteoritos oficiales reportados en Chile en 2005, hemos logrado aumentar la lista hasta 996 en el presente, gracias tanto a las expediciones anuales como a la colaboración con algunos coleccionistas privados profesionales. La colección, dividida entre Francia y Chile, está dominada por condritos ordinarios (COs, ~90%), pero también un número importante de meteoritos de hierro (~7%) y un número creciente de meteoritos muy interesantes como los condritos carbonáceos (los que dan pistas sobre el posible origen de la vida, por sus componentes orgánicos), y otros como El Médano 301, parte de un nuevo grupo de meteoritos propuesto de condritos forsteríticos (Fig. 2, Pourkhorsandi et al., sometido a la revista Meteoritics and Planetary Science), que tiene composiciones minerales peculiares, ricas en magnesio. El nombre viene de la abundancia de un mineral llamado “forsterita”, un tipo de olivino magnésico. Esto apunta a que su formación debió ocurrir en una región de la nebulosa con composiciones similares a COs pero en un lugar más cercano al Sol, donde había menos oxígeno disponible para permitir la formación de minerales de composiciones más usuales en COs.

Fotomicrografía de un sección pulida delgada del condrito forsterítico El Médano 301 (crédito Hamed Pourkhorsandi, CEREGE, Francia).

En MAS estoy estudiando la estadística asociada a diferentes áreas de recolección de meteoritos en el Desierto de Atacama, especialmente en el área de El Médano; estudiando además muestras específicas, interesantes para la formación del Sistema Solar (como El Médano 301) en colaboración con colegas de instituciones chilenas y francesas; liderando el proyecto CHACANA, para crear la primera red chilena de cámaras Allsky para detectar bolas de fuego y recuperar meteoritos caídos frescos; trabajando en la consolidación del primer repositorio científico oficial de meteoritos en Chile, junto con la protección legal de estos como objetos geopatrimoniales en la legislación chilena; formando una primera generación de geocientíficos chilenos capaces de incorporar la Meteorítica y las Ciencias Planetarias como parte de su bagaje científico, y alentando a las nuevas generaciones de astrónomos chilenos a que se involucren en estudios del Sistema Solar. Chile tiene todos los ingredientes básicos para el estudio de estas temáticas, pero necesita aún arribar a una masa crítica de científicos comprometidos con su desarrollo para construir esta nueva emocionante área de investigación.